En tanto que la muchedumbre de un tren suburbano contempla impávida cómo se la traga la caverna intestina, tétrica, y la sume en tinieblas, en una penumbra
terrible circulante y circundante a toda velocidad para después vomitarla a intervalos desquiciadores, él intenta liberarse de la asfixia, de la repugnancia experimentada en la apretadura de los cuerpos, los hedores, vahos y demás exhalaciones de la especie, su especie: especie humana...
Un día cualquiera de otoño, inmerso en la negritud de un túnel pestífero, vientre subterráneo, el viajero anónimo, sintiéndose persona sin personalidad, recibe milagrosamente el rayo providencial del criterio: clarividencia secreta e intransferible que de forma precisa se hace transeúnte en la
memoria. Nace la luz de la idea, del descubrimiento, de urdimbres trascendentes cuyo resplandor lo enajena y sitúa a las afueras de la colectividad; sí,
tan próximo a su especie, carne a carne, con muchas atmósferas de presión en el metropolitano madrileño, la carencia de su libertad exterior le abre las
puertas de la creación proyectándolo a distancias infinitas del prójimo, allá en lo recóndito, lugar de los enigmas, adonde solamente acceden las víctimas
del infortunio descritas en el "Sermón de la Montaña” y los estetas que conquistan e incluyen para sí el libre albedrío y el conjunto de las Bienaventuranzas. |