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En 1.984 adquirí una máquina universal con sierra de disco; el motor arrastraba poco menos de tres caballos de potencia. En los comienzos de nuestra relación el trato fue de extremada hostilidad. Se resistía a la doma con una conducta caprichosa y arbitraria por cuanto que no respondía, con fidelidad, a las
prescripciones para las que se fabricara. Acudieron técnicos desde tierras lejanas para diagnosticar su extraña patología: inútil. Con la dentadura joven
y recién afilada, desprovista del protector, por cuya desnudez se acentuaba aún más su altanería hasta erizarle a uno los cabellos, más de una vez osó
pasar de la amenaza a la acción: pretendió amputarme alguna de las extremidades dactilares aunque únicamente consiguiera seccionar la dermis, rozar los
tendones y el periostio, con insidia.
En ocasiones enmudecía y se paralizaba por sobrecarga o recalentamiento; otras veces, embravecida, se anclaba en los remates o en los nudos del pino y el
nogal; recobraba en esta actitud una fiereza inusitada que se traducía después en ejercicio vertiginoso y lanzamiento de proyectil mortífero.Al cabo de
un tiempo inespecífico fue sometida al yugo y a la rienda. Yo, solidario al mantener ágiles los engranajes; ella, colaboradora con un comportamiento preciso
y diligente. Trokhobio nace de este pacto íntimo entre la máquina y su dueño.
Antes de proveerlo de antenas carecía de soplo vital. En la cintura de su peana se le infundió un alma vibrátil que le permitiría cimbrearse a la menor estimulación cinestésica. De esta forma, gracias a los motores cráneo-caudales, Trokhobio es recorrido, en su contenido medular, por un efecto cinesiológico muy curioso que lo convierte en una geometría -sectores circulares-, de animación biológica singular. Presenta, además, orientaciones cervicales que abarcan los trescientos sesenta grados en derredor; la tonalidad grana lo asemeja a posibles criaturas de la zoología imaginaria.
Las antenas podrían significar el tacto, la visión, la inteligencia en pseudópodos escudriñadores por la prolongación cerebral; en fin, perceptores hápticos
de sensibilidades inconcebibles y dimensiones aún no sospechadas. Los límites de lo real, las férreas imposiciones de la Naturaleza, nos obligan a la
rebeldía, a la propulsión hacia la irrealidad de lo fantástico más allá de lo meramente cósmico, como se intuiría, quizás, en "El ser y la libertad" de
Pajón Mecloy. |